Cada vez que dibujas una mueca de tristeza en tu bello rostro una luz del universo deja de brillar como un faro en plena mar, como un corazón muerto en un cuerpo inerte, como si mi alegría dejara de importar. Cada vez que una lágrima asoma a tus mejillas, como si el perfil de tu cara se convirtiera en un árido desierto, mis dedos quieren encogerse o tal vez estirarse una vez más a secar tus húmedos párpados, a acariciar tus cabellos enredados entre mis dedos, anidando deseos humanos, incapaces de detenerse ante el dolor ajeno. Te amo pequeño, mi pequeño del alma, mi vida y mi cuerpo, tú que quedaste atrapado en mí provocando miles de sentimientos, tú que hiciste renacer en mi la llama que no se apaga nunca, que permanece intacta en el tiempo.


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